EN EL PICO DE CONTAGIOS, EL COVID-19 MUESTRA CIERTA CLEMENCIA

Ahora que todo indica que la provincia de Santa Fe está sufriendo el pico de contagios de coronavirus,  puedo afirmar –en base al estudio y las vivencias personales que enfrenté como médico especialista- que esta pandemia del coronavirus no es ni lejos la peor que la humanidad padeció.

Bien sabemos que hay virus más y menos agresivos y que están aquellos que contagian con más o menos intensidad. Es de la observación del comportamiento del Covid 19 la que nos lleva a preguntarnos si hemos meditado correctamente que hubiese sido de nosotros sí el coronavirus, como tantos otros, hubiera tenido predilección por los niños, las embarazadas y los jóvenes.

Vaya el recuerdo de los años cincuenta cuando familias enteras vieron truncados sus sueños y esperanzas para siempre cuando estalló en Rosario la epidemia de poliomielitis que sesgó la vida de muchos de ellos y dejó secuelas permanentes en aquellos que lo sobrevivieron y, sin dudarlo, a toda la sociedad que tardó decenas de años en asimilar lo que nos pasó.

Hoy, en estos “días oscuros” en los que reina el miedo a infectarnos y en los que compartimos el sufrimiento de los enfermos y sus seres queridos, busco elementos objetivos que permitan aportar optimismo. Y es ahí cuando me pregunto:

 ¿Hemos valorado objetivamente que a la facilidad de transmisión del Covid 19 se le contrapone una baja agresividad, concentrando su peor cara casi exclusivamente en gente que sufre patologías previas graves y muchas veces irreversibles?.

 ¿Nos queda claro que, precisamente, gracias a eso en un tiempo no lejano se producirá una inmunidad generalizada de la población que finalmente  lo  condenará a un papel secundario dentro de las patologías virales?

Más allá del terrible impacto económico que la pandemia está causando, me esperanza ver cómo los equipos de salud empiezan a pregonar estos conceptos, y que además del tremendo esfuerzo diario que les impone la coyuntura ya están pensando en las enseñanzas que ha de dejarnos esta pandemia y en cómo diseñar la nueva medicina que se impondrá en el futuro cercano.

Quiero subrayar en este párrafo final lo que siento personalmente y las enseñanzas positivas que me deja vivir en este mundo incierto. He aprendido a valorizar aquellos pequeños gestos -como el beso y el abrazo a quienes más queremos- y que hoy me son negados, pero, por sobre todo, valoro la posibilidad de darnos el tiempo para conocer, aunque sea un poco más, la complejidad de nuestro mundo interior donde casi nadie llega, excepto uno mismo, a veces.

Dr. Jorge Galíndez

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